Entrevista

Rafael Blánquez: “La escasa tolerancia a la espera y a la frustración conduce cada vez más a la depresión”

El psiquiatra del Centro Asistencial San Juan de Dios de Málaga, Rafael Blánquez, impartió recientemente una charla formativa sobre la depresión y la melancolía destinada al personal sanitario que trabaja con pacientes que presentan problemas de salud mental.

Esteban Cabrera

En los tiempos en que vivimos parece que se han incrementado los trastornos relacionados con la depresión. Pero, ¿qué conduce a una persona a este estado?

No cabe duda, de que la sociedad de la inmediatez, de la gratuidad y de la satisfacción instantánea es un perfecto caldo de cultivo para que siga incrementándose el número de personas que padecen depresión en nuestros días.

Esa rapidez y la satisfacción instantánea a nuestra medida, sin grandes dificultades, están haciendo que la capacidad de espera de los individuos se reduzca cada vez más, de modo que cuando se les presenta alguna situación de espera obligada, la intolerancia y la frustración se hacen patentes.

¿Cuándo comienza a hablarse y a tratarse la depresión como como un conjunto de síntomas que afectan al estado de ánimo del ser humano?

Efectivamente, el concepto de depresión es un estado anímico, sin olvidar que el ánimo viene del latín, animus: lo que anima, lo que da vida. Pero a partir del siglo XIX, esa falta de voluntad que se asociaba hasta entonces a la depresión se descarta, ya que lo irracional comienza a aceptarse como parte del ser humano y la depresión comienza a ser entendida como un trastorno afectivo en que la voluntad propia del que la padece no interviene.

¿Existen diferentes tipos  de depresión?

Podemos establecer una diferenciación entre dos tipos  diferentes de depresiones: las endógenas, es decir, la que no tienen causalidad externas; y las reactivas o causadas por factores como las vivencias, problemas adaptativos a la propia vida, problemas amorosos, entorno hostil, etc.

Las más frecuentes son estas últimas, las que tienen que ver con el ambiente, con la pérdida del sentido de la lucha diaria, ausencia de amor, aburrimiento cotidiano, problemas económicos o de salud, cambios en la adolescencia, etc.

Entonces, ¿es la sociedad actual un perfecto caldo de cultivo para este tipo de trastornos?

Como comentaba antes, las características de la sociedad actual inciden aún más negativamente en la pérdida de ese sentido. Hoy se promueve el hedonismo, la búsqueda del divertimento y el placer rápido. Nos venden la idea de que no existen los límites: si no le gusta algo, cámbielo a su gusto previo pago de su importe.

Se trata de una sociedad en la que nadamos sobre toda la variedad que nos puede ofrecer un supermercado, que nos impulsa a viajar para el solo hecho de atesorar experiencias. Sin embargo, esa misma sociedad no nos propone un trabajo interior, no nos ofrece tiempo para la búsqueda de lo trascendental, para, acaso, buscar el sentido de nuestras propias vidas. Y esto nos hace vulnerables frente a situaciones adversas, ya que anula la resiliencia.

¿Son los jóvenes más vulnerables a estas situaciones que describe?

Tener al alcance de manera inmediata y gratuita muchos deseos prepara negativamente a las personas ante frustraciones futuras. Por ello, el hecho de que, por norma, un adolescente quiera ver una película y la descargue y la consuma en ese momento, lo educa en la impaciencia, en la intolerancia de la espera. Todo tiene que ser ya. Y el hecho de que no sea ya ha hecho que desarrollemos una gran intolerancia a la frustración.

Se nos ha educado en la fijación de altas expectativas, muchas de ellas, demasiado ideales, pero no se nos ha preparado para el control de esa frustración. Por eso, autores como Alasdair MacIntyre están recuperando los conceptos de virtudes aristotélicas para poner en valor la importancia de encontrar el punto medio de los rasgos psicológicos, el punto medio en lo emocional, en el impulso.

Para concluir, ¿cuál es la manera más adecuada de tratar y convivir con personas con depresión?

Pues aquellas personas que conviven con personas con depresión han de tratarlas con empatía, pero exigiéndoles unos autocuidados mínimos. No podemos abogar por que pongan de su parte, porque eso sería creer que se trata de un problema de voluntad, pero sí podemos apelar a que tengan una buena actitud ante el problema depresivo porque, aunque no lo soluciona, ayuda mucho.