Vivir el patrimonio

San Juan de Dios en 500 años de epidemias y Pandemias

Francisco Benavides Vázquez

El esplendor que alcanzó nuestra Orden en el siglo XVIII es incuestionable. Los testimonios que nos ha dejado aquella época barroca lo glosan constantemente. Los retos que se plantearon, entre ellos, las epidemias que relatamos en el anterior artículo, fueron superados heroicamente. Pero la amenaza de la enfermedad y la debilidad de la naturaleza humana no se hicieron esperar.

El siglo XIX, que venía cargado de nuevos proyectos esperanzadores para la humanidad, se inauguró en 1800 con el azote de una nueva enfermedad: la fiebre amarilla. Especialmente, se vieron afectados tres países con muchas cosas en común, España, Portugal e Italia, en los que había una fuerte presencia de la Orden Hospitalaria. Andalucía alcanzó en tres meses la cifra de 80.000 muertes. España, ese mismo año, alcanzó los 150.000 contagios. La Orden desempeñó un papel destacado, aliviando y curando a los contagiados, lo que supuso un número significativo de bajas entre los hermanos de San Juan de Dios.

Un ejemplo destacado en 1819 es el brote de tifus que se declaró en el sur de España y que afectó principalmente a Cádiz y su provincia. En El Puerto de Santa María, la Junta Municipal erigió un hospital a las afueras de la ciudad donde poder confinar y atender a todos los afectados por el tifus.

‘Arcas de Noé’

En esta crisis que vivimos de la COVID – 19, en muchas ocasiones, los medios de comunicación han hablado de arcas de Noé como esos espacios y dispositivos donde poder aislar y tratar a los enfermos. Esta misma idea ya fue llevada a cabo por los hermanos de San Juan de Dios en este año en El Puerto de Santa María. Los testimonios documentales de aquella crisis de tifus que llegan a nosotros hoy nos cuentan que no solo asistieron a los enfermos en este recinto, sino que también los hermanos prestaban servicio a los enfermos en sus domicilios particulares.

El primer tercio del siglo XIX concluía con una nueva amenaza para la población: el cólera. Un ejemplo de especial relevancia lo encontramos también en Cádiz. Concretamente, en Medina Sidonia. Las autoridades sanitarias municipales confiaron a la Orden la implantación de un lazareto a las afueras de la ciudad donde poder atender a los afectados por esta enfermedad y frenar su contagio. El testimonio de los hermanos que allí prestaron su servicio hospitalario fue tan abnegado y ejemplar que recibieron el aplauso y la admiración de todos los vecinos y así se hicieron eco de ello las autoridades cuando remitió la crisis sanitaria motivada por el cólera. Retomemos literalmente las expresiones que resumen el agradecimiento de esta ciudad a la Orden: “… despreciando el peligro eminente de sus vidas, se ha visto a estos perfectos imitadores de San Juan de Dios velar incesantemente a la cabecera de los enfermos, preparar y darle con cariño las medicinas y alimentos, manejarlos en la cama con dulzura, limpiar su inmundicias y darles con la más santa eficacia todos los socorros”.

La crisis que supuso el cólera, con resultado de enfermedad, muerte y crisis económica (hambre) no quedó reducida únicamente al Hospital de la Orden en Medina Sidonia. Los hospitales gestionados por la Orden en Jerez de la Frontera, El Puerto de Santa María, Sevilla, La Habana, Palencia, Lorca, Valladolid, Málaga, Cabra, Montilla, Vélez Málaga, Marbella, Bujalance, Andújar… entre otros, prestaron un gran servicio sanitario y social a sus vecinos. Paralelamente, en estos años se iniciaba la desaparición de la Orden como consecuencia de los procesos desamortizadores del Ministro Mendizábal, pero no fue obstáculo para que los hermanos dieran respuesta concreta a las necesidades de la población donde se situaban sus hospitales.

Desaparición y rebrote de la Orden en España

En torno a 1835 los hermanos de San Juan de Dios desaparecieron de sus hospitales en España, aunque muchas de estas estructuras siguieron funcionando como lugares de sanación. Habría que esperar a la llegada del hermano Benito Menni a Barcelona en 1866 para que nuevamente rebrotara la Orden en nuestro país. En aquellos tiempos nos esperaba una nueva amenaza, el Cólera Asiático llegaba a España.

En el año 1885, nuestro centro de Ciempozuelos ya había sido fundado y funcionaba prestando servicio a una población altamente vulnerable. El doctor José Rodríguez González introdujo un método de curación que reducía la mortalidad del 75% al 10%. El hermano Benito Menni, joven, aguerrido y emprendedor, no dudó en externalizar este tratamiento fuera del sanatorio. Sería la salvación para miles de vecinos de Madrid, Guadalajara, Teruel, Granada, Málaga… todo ello con no pocas bajas entre los hermanos que lo aplicaban. El testimonio de entrega y servicio hospitalario de aquella restaurada Orden Hospitalaria una vez más fue ejemplar y digna de admiración por la ciudadanía.  

Los periódicos de aquel tiempo, personalidades civiles y eclesiásticas tuvieron expresiones y manifestaciones de vivo aprecio y alto elogio por esta labor asistencial prestada por los hermanos.

La Orden, en la historia más reciente

En momentos difíciles como las crisis producidas por las epidemias, la Orden siempre ha dado un paso adelante, siendo eficaz y ejemplar en su trabajo. Nos hemos limitado a España, pero allí donde la enfermedad ha tenido lugar y la Orden ha tenido presencia ha existido una respuesta comprometida e inspirada por el estilo de San Juan de Dios. Sirva como ejemplo, el testimonio que en el año 2014 nos dieron los hermanos que fueron víctimas del ébola en África. Aquello nos parecía lejano y en estos días hemos experimentado nuevamente la debilidad de la naturaleza ante la adversidad de la enfermedad que periódicamente nos reta a un nuevo desafío.

Mi reconocimiento y afecto a hermanos y colaboradores que, en la actual crisis sanitaria, han actualizado esa historia y tradición de entrega y excelencia en el servicio a los enfermos que acompaña a la Orden y que, sin duda, es una gran activo. Nuestra historia nos inspira y nos alumbra el nuevo camino.

Extracto de una de las cartas del hermano Benito Menni

“Entonces reuní a la Comunidad [de Ciempozuelos] y les dije que había que ir fuera, a diversos lugares, para asistir a los coléricos, todos se ofrecieron con el mayor entusiasmo, hasta desear dar la vida por salvar al prójimo y a considerar como privilegiados a los que le tocase en suerte. Yo estaba muy impresionado porque los mandaba a un peligro de muerte muy evidente. […] les dije: ¿Hijos míos, sabéis dónde os mando? Os mando a morir. ¿Os sentís con fuerza? ¿Estáis dispuestos a dar la vida por los apestados? Todos con ánimo resuelto, me contestaron que sí lo estaban, con la gracia de Dios. Entre otros, el Hermano Lucas, el más joven, con angélica alegría, me dijo “¡Ojalá, Rvdo. Padre, tuviésemos tanta suerte¡ A tal exclamación, no pude sino sentir un estremecimiento de conmoción. Lo abracé y le di la bendición, separándome luego de él hasta la eternidad: efectivamente, murió en el servicio al amor al prójimo”.