La esencia de la figura del limosnero

Isidoro de Santiago O.H.

“La limosna que me hicisteis, la tienen ya los ángeles en el cielo” (San Juan de Dios)

A lo largo de los cinco siglos de historia de la Orden Hospitalaria ha quedado de manifiesto la importancia del trabajo de los llamados hermanos limosneros, que recorrían pueblos, ciudades, empresas y domicilios particulares pidiendo ayuda para cubrir las necesidades de las personas más necesitadas de cada región.

La limosna en la Orden Hospitalaria tiene su origen en la génesis de la misma, ya que San Juan de Dios compatibilizó su misión de atención directa a los más necesitados de su tiempo, junto con el ejercicio de la limosna. Esta faceta del fundador, además de proporcionarle los medios necesarios para el sostenimiento de su hospital, le permitiría entrar en contacto con todas aquellas personas que le ayudaban con quienes entabla una relación de afecto y de confianza.

Día tras día San Juan de Dios salía a pedir por las calles de Granada al grito solidario de “Hermanos, haceos bien a vosotros mismos dando limosna a los pobres”.

San Juan de Dios, primer limosnero

Como un verdadero mendicante, el santo se ve obligado a salir de la capital nazarí hacia otras ciudades y pueblos a suplicar limosna. Baena, Zafra, Alcaudete, Valladolid…, lugares lejanos en los que fue dejando la huella de la hospitalidad y de los que regresaba con suficientes recursos para remediar las muchas deudas que debía o para adquirir nuevos enseres que hiciesen más confortable la estancia de los pobres en su hospital de la Cuesta de Gomérez.  

Juan de Dios es la referencia. A él siguieron después un buen número de hermanos que desarrollaron el apostolado de la limosna. Había que mantener los incipientes hospitales que iban proliferando en los comienzos de la Orden. Eran muchas las personas menesterosas que acudían a estos lugares de misericordia pidiendo auxilio y muchas las necesidades que surgían para dar respuesta a estos pobres. Este motivo es el que hace que los religiosos se vean obligados a salir de sus conventos-hospitales y dediquen parte de su tiempo a pedir limosna de casa en casa, de calle en calle, de pueblo en pueblo, hiciese frío o calor, en medio de torrenciales lluvias, por caminos andrajosos y polvorientos… Y allá, a lo lejos se ven venir esas negras figuras, capacha en mano y un bastón desgastado que le sirve de apoyo y compañero. Son los hermanos del santo de Granada que piden limosna por amor a Dios y que anuncian con su ejemplo de vida una nueva manera de entender y vivir el Evangelio.

La limosna en la actualidad

El ejercicio de la postulación para el mantenimiento de las obras de la Orden se extiende hasta el día de hoy. Muchos contemporáneos retienen con frescura en su memoria a grandes hermanos hospitalarios que supieron, mediante la limosna, tocar sus corazones. Hermanos sencillos, dicharacheros y atrevidos, pero sobre todo hermanos hospitalarios, que no destacaron por su elocuencia verbal, ni por su sabiduría, ni por su teología…, pero que se convirtieron en auténticos apóstoles de la misericordia de Dios, y por ende, en fructíferos promotores vocacionales.

Así, recordamos a algunos de estos hermanos de la provincia bética como Fernando Erice, Pablo Álvarez, Bonifacio Morillo, Rogelio Mesas, Francisco Simón, Ignacio Pastrana, Adrián del Cerro, Aurelio Vives…

Los tiempos han cambiado y con ello la realidad de la Orden, pero las necesidades y el sentido apostólico de la limosna permanecen intactas, de ahí el que algunos hermanos continúen comprometidos hoy en día en el sostenimiento de los centros mediante la limosna. A estos y a todo ese gran ejército de hermanos Limosneros, el recuerdo, la oración y el homenaje más sincero.