Comenzamos el Año Jubilar de la Misericordia

Begoña Moreno Guinea

’Misericordia’ es una palabra muy antigua y en su evolución ha ido adquiriendo matices ricos y profundos. En ocasiones está palabra es traducida simplemente por ‘amor’.

En la Biblia, la palabra misericordia va unida también al sentido de amor incondicional e inquebrantable. Es mucho más que un aspecto del amor de Dios. La misericordia es el ser mismo de Dios. Ante Moisés, Dios dice: “El Señor, Dios, es clemente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia y en fidelidad.” La misericordia en el Antiguo testamento se refiere a alianza. A una unión entre Dios y el hombre, que es fuerte en base al amor que Dios tiene a sus hijos. En el Nuevo Testamento es la encarnación de Dios en Jesús donde nosotros ponemos actos y palabras concretas a esa misericordia. Jesús nos dice: “Sed misericordiosos como vuestro padre es misericordioso” (Lc 6, 36).

La misericordia es el más puro reflejo de Dios en nuestra vida humana. Jesús es la transparencia de esa misericordia. Esa experiencia fundamental se expresa en la actitud de Jesús que sale a los caminos a anunciar y a sanar, que invita a la conversión para sentarse a la mesa del Padre.

La palabra misericordia siempre va acompañada de verbos que aluden a movimiento, a acciones como ser, tener, sentir, vivir… Esto indica que, para Jesús, la misericordia no es un mero sentimiento sino que es una reacción a ese sentimiento profundo. Algo que nos empuja a realizar algo concreto. Es una fuerza que nace en el interior del corazón para activar una acción externa que repercute en otros.

Experimentar la misericordia de Dios nos lleva a ser fieles a su proyecto. Así lo hizo Jesús dando su vida y así lo hicieron a lo largo de la historia hombres y mujeres que no dejaron de anunciar la misericordia de Dios. Hombres y mujeres que dejaron marca de su vida por el bien que a otros hicieron. Como bien sabemos que hizo San Juan de Dios, ejemplo del carisma de la misericordia.

“Dichosos los misericordiosos”, nos dicen las Bienaventuranzas. Felices los que practican la misericordia. Esa es la propuesta de Cristo: ser felices siendo misericordiosos.

Como dice el papa Francisco: “Estamos llamados a vivir la misericordia no solo porque a nosotros Dios nos ha aplicado la misericordia, sino porque es criterio para saber quiénes son realmente sus hijos”.

¿Cómo se vive la misericordia?

Jesús no solo nos señala la naturaleza misericordiosa de Dios. No solo señala “hacia arriba” para que podamos comprender a Dios. Sino que, una vez entendido eso, nos hace mirar a nuestro alrededor. Como hemos dicho antes, el comprender la misericordia de Dios nos empuja a ser también misericordiosos.

Por eso, la Iglesia nos invita a desplegar como cristianos obras de misericordia, tanto corporales como espirituales:

  • Corporales:
    • Visitar a los enfermos
    • Dar de comer al hambriento
    • Dar de beber al sediento
    • Dar posada al peregrino
    • Vestir al desnudo
    • Visitar a los encarcelados
    • Enterrar a los muertos
       
  • Espirituales:
    • Enseñar al que no sabe
    • Dar buen consejo al que lo necesita
    • Corregir al que se equivoca
    • Perdonar al que nos ofende
    • Consolar al triste
    • Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
    • Rogar a Dios por los vivos y los difuntos

Estas obras de misericordia las vemos reflejadas en cada acto que San Juan de Dios realizó en su vida. Pues él experimentó interiormente la profunda misericordia de Dios y como decía: “Si supierais cuán grande es la misericordia de Dios, nunca dejaríais de hacer el bien mientras pudierais”.

La Iglesia celebra este año, desde el 8 de diciembre de 2015 y hasta el 20 de noviembre de 2016, un Año Jubilar cuyo eje central es la misericordia. El papa Francisco ha escrito para tal celebración una bula llamada Misericordiae Vultus, es decir, el rostro de la misericordia. El texto de la bula papal en el año de la misericordia nos lanza a reflexionar y a actuar sobre nuestro hacer como cristianos. Nos invita a mirar el rostro de Jesús, que es el rostro de la misericordia de Dios. El papa nos dice: “En este Año Jubilar, la Iglesia se convierta en el eco de la palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor. Nunca se canse de ofrecer misericordia y sea siempre paciente en el confortar y perdonar. La Iglesia se haga voz de cada hombre y mujer y repita con confianza y sin descanso: Acuérdate, Señor, de tu misericordia y de tu amor; que son eternos” (Sal 25,6).