El respeto se adhiere a la dignidad

El respeto es un valor que hace referencia a la consideración para con los demás, la humanización, la dimensión personal, la responsabilidad mutua entre las personas que integran la sociedad y la aceptación de los Principios Fundamentales (Cf Carta de Identidad, 5.1.3.1), la participación de todos.

Toda persona ha de ser aceptada en su individualidad y personalidad, independientemente de su origen, religión, edad, género y sexualidad. Todo ello en la observancia de los derechos fundamentales que emanan de la dignidad del individuo. Abordar con confianza los problemas que puedan surgir es algo que se da por sentado y se reconocen y toman en serio los límites en las capacidades de cada uno. Se respetan las concepciones y opiniones diferentes abordándolas de forma constructiva.

Moverse en el campo del respeto implica que se valora de forma muy especial la autonomía en el día a día. El aprecio mutuo incondicional, independientemente del grado de educación y formación, así como una comunicación basada en la franqueza, la honestidad y la confianza constituyen la base de la comunidad.  Los rumores y prejuicios no tienen cabida en la misma. El respeto está hermanado con la ética y la bioética.

La actualidad de la humanidad está en una situación convulsa, nos está conmocionando y frecuentemente no nos respetamos. Pero todo puede cambiar a mejor y ahí reside nuestra esperanza. “Vive como si debieras comenzar a vivir por segunda vez; y haberte equivocado la primera vez, así como estás a punto de hacerlo ahora”, diría aproximadamente Viktor Frankl.

La reciente Semana Santa nos ha devuelto a la memoria que el velo del templo se rasgó, que todo cambió (Cf. Mt 27, 51). Esta imagen nos sugiere que Jesús, el de Nazaret, con su muerte, nos ha abierto un camino nuevo y viviente a través de su propia humanidad (Cf. Hb 10, 20). También hemos podido tomar consciencia de que estamos inmersos en una espiritualidad encarnada, ya que, desde ahora, nada de lo humano nos resulta ajeno porque somos humanos y vulnerables. Cristo se hizo vulnerable para comprendernos a todos.

El respeto puede llegar a ser un sacramento de salvación en la sociedad y, sobre todo, si se está al lado de los pobres, de los que sufren, de los incomprendidos. Y Juan de Dios lo comprendió y practicó sobradamente.

Aprender a acompañar en la experiencia del sufrimiento, como lo hizo Juan de Dios, es saber que el dolor, el sufrimiento, tiene varias dimensiones: emocionales, sociales, espirituales y que hay que contemplarlo de forma integral. El acompañamiento ha de ser individual, se ha de saber escuchar, considerar a la persona única, con proximidad física.

En la revista San Juan de Dios encontramos facetas que nos animan a manifestar y compartir con los demás el buen hacer. Traemos testimonios de personas, de religiosos o no, que han sabido sintonizar y nos ayudan a remar en la misma dirección constructiva y de redención. Personas que nos animan a seguir compartiendo la misión en pro de la humanidad, convulsa en estos momentos y que nos necesita.

No faltan en estas páginas actividades, innovaciones, y se elaboran y practican programas de integración e inserción para quienes están en la frontera de la exclusión. Así aportamos un grano de arena a nuestra humanidad algo desconcertada y necesitada de sentido. Para ello deseamos traer la noticia del Congreso Mundial de Bioética organizado por la Orden Hospitalaria que nos aportará una gran luz.

El respeto se entiende como actitud de servicio, corresponsabilidad, mirada atenta y expresión de caridad, lo ponemos al servicio de la docencia en un ámbito universal y es nuestro modelo de formación: humanización de la asistencia y el acompañamiento. El respeto es una mirada, una revalorización y promoción de la extracción del bien de todas las personas.

La hospitalidad es fuente de vida. En cada gesto de hospitalidad con las personas, especialmente enfermas y necesitadas, podemos descubrirlo porque el respeto como apellido de la hospitalidad funciona bien entre las personas. Fue también la experiencia de San Juan de Dios y la de tantos seguidores suyos.