El servicio de la misericordia

¡Tengamos cuidado con los efectos paralizantes de la bondad! […] Según la tesis de Matthieu Ricard, somos dos lobos (o genes para otros autores): uno es egoísta, el otro compasivo y sociable. La porfía entre ambos sostiene que, en nuestro interior, ganará el lobo (el gen) que alimentemos (Cf. Fernando Aramburu, El Cultural 08.07.2016).

Alimentar la misericordia es la clave. Porque se nutre de la meditación, de la contemplación, de la observación de la vulnerabilidad humana, porque la misericordia es compasiva y sociable. Ahora bien, no es blanda, se define por su entereza, dedicación y sacrificio por amor.

Quienes intentamos profesar la hospitalidad, nos enfrentamos con el reto del testimonio, porque quienes así se desean definir han de abordar el rol de testigos, de líderes, ir por delante, sin presumir, pero sin ser timoratos ni lastimeros.

Bien sabemos que el fin último del liderazgo es desarrollar disciplina interior para conducirse a la felicidad, como paso intermedio para hacer lo mismo con una comunidad de personas y hacerlas felices. Es preciso poner el rumbo de nuestras vidas hacia la felicidad sin tiempo que perder. Algo de ello deseamos transmitir desde estas páginas de San Juan de Dios en las que explicamos nuestras formas de hacer y de relacionarnos con quienes nos necesitan: sea en salud mental, infancia, formación y acompañamiento en el sentido de la vida.

Queremos sembrar misericordia en nuestra sociedad necesitada. Pero si queremos un cambio social, seamos el cambio, la guía, el ejemplo. Y esto no sólo rige en los principios, también en el estilo, la visión, las relaciones, el aprendizaje, la renovación, la producción, los sentimientos.

Y aunque nos declaramos abanderados y reivindicamos la defensa de la humanización del hombre, aceptando a todos sin distinción de raza o género, cuestionamos algunas tendencias de la ideología de género que nos pueden envenenar y de ello se nos ha advertido: la ideología de género es la última rebelión de la creatura contra su condición de creatura (Ratzinger).

En San Juan de Dios, somos grandes defensores del amor, ya que el amor es una fuerza imponente. Abogamos por el amor, pero el que no infunde temor sino proximidad y dedicación. Amamos a las gentes que nos quieren bien y tenemos comprensión con quienes no lo hacen, ya que la aceptación conlleva generosidad, no exigencia, ni enjuiciamiento.

Además somos conscientes de que nadie llega a nuestras vidas por casualidad, todas las personas  que nos rodean, que interactúan con nosotros, están aquí por algo y para algo: para hacernos aprender y avanzar en cada situación.

La aceptación es una decisión deliberada y consciente de considerar sencillamente la situación que se nos presenta, pero sin convertirla en condena. La aceptación es una manera completamente distinta de desenvolverse en relación con la resignación. 

Con una clara intención el papa Francisco el 19 de marzo, solemnidad de San José, de este mismo año 2016 ha dicho: “Esta exhortación (Amoris  lætitia, 5) adquiere un sentido especial en el contexto de este año jubilar de la misericordia. En primer lugar, porque la entiendo como una propuesta para las familias cristianas […] a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia”.

La felicidad no está al final del camino sino después de cada acción realizada con sentido y por alguien, tanto si nos necesita como si no nos necesita (Cf. Frankl, V. El hombre en busca de sentido).

El efecto Galatea se basa en cómo las expectativas condicionan los resultados; si son altas, ayudarán a alcanzar los objetivos. Con el efecto Pigmalión, los propios resultados dependen de las expectativas y opiniones de otros. Para la felicidad es muy importante aprender a conjugar el efecto Galatea con el efecto Pigmalión y lo ideal es que ambos efectos se retroalimenten.

La misericordia es poderosa y arrastra, siempre y cuando sea capaz de saber a dónde va: a socorrer al hombre y a intentar su autonomía y no oriente a crear limitaciones de su libertad. Como seres humanos tenemos una aspiración legítima al bienestar y a la felicidad, ello nos convoca a aprender a dirigirnos hacia nuestro interior. Y saber mirarnos y mirar a los demás con entrañas de misericordia. Desde San Juan de Dios y, con ejemplos en estas páginas, procuramos transmitirlo.